¿Es necesariamente malo que bajen los precios de una economía?

12 nov. 2013

Basándome en un artículo publicado por A. Gary Shilling en Bloomberg, he publicado en mi blog personal un artículo relacionado con la deflación, y más concretamente distinguiendo entre la deflación que "buena" y la deflación "mala", o bien la que se produce desde el lado de la oferta y la que se produce desde el lado de la demanda, respectivamente.

La primera de ellas, la deflación buena, es consecuencia de una mejora en la productividad de los factores de producción resultado, por ejemplo, de una mejora tecnológica, por ejemplo, que aumenta la oferta por encima de la demanda, reduciendo de esta manera el precio del producto. Por ejemplo, en la época de la Revolución Industrial, se produjo no solo una mejora tecnológica, sino un cambio en el paradigma del transporte, que aumentó la productividad de los países, en especial de los anglosajones, haciendo que el PIB creciese un 4,5% entre 1870 y 1898, mientras que el precio de los bienes y servicios descendía un 34% en ese período.

Por otro lado, la deflación mala se produce por una insuficiente demanda con respecto a la oferta de bienes y servicios, fenómeno que se está produciendo en la actualidad. Esta deflación puede ser consecuencia de un elevado nivel de deuda contraída, que hace que los agentes económicos (familias y empresas) tengan que amortizar sus deudas de manera urgente, lo que hace que se reduzca el gasto y, por tanto, la demanda. Además, las familias tratan de liquidar precipitadamente sus activos para obtener recursos económicos, lo que hace que el precio del activo vendido guarde poca relación con el valor del mismo. En definitiva, la deflación producida por una insuficiente demanda puede acabar en un proceso de deuda deflación de difícil salida.

Desde luego, es importante esta distinción que desmonta en parte esa creencia generalizada de que la deflación es mala per se.  Desde luego, teniendo en cuenta la actual coyuntura económica en la que nos encontramos, la deflación es más perjudicial que beneficiosa, al aumentar la carga real de las deudas. 

Ahora bien, el argumento de que la deflación postpone decisiones de consumo de los individuos es poco menos que falaz; aún no conozco ningún individuo que esté pendiente de la evolución de la inflación para decidir qué compra y qué no compra. Parece más lógico que un individuo vaya consumiendo bienes y servicios a medida que los va necesitando y, como mucho, compare precios entre varios establecimientos para escoger el más barato; como bien explica Juan Ramón Rallo, quien retrasa el consumo, también retrasa la satisfacción de sus necesidades.

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