En defensa de un euro fuerte

29 abr. 2014

Muchos son los analistas financieros y políticos que piden una política monetaria más decidida a Mario Draghi, presidente del Banco Central Europeo, para combatir dos efectos económicos más que preocupantes: por un lado, la amenaza de deflación en toda la zona euro y, por otro, el encarecimiento de la moneda única con respecto al resto de divisas, y más concretamente, con respecto al dólar americano, hecho que incrementa los precios relativos de los productos españoles y produce, a priori, un verdadero prejuicio para los exportadores. 

No en vano, son muchas las voces que abogan por un Quantitative Easing a la europea; es decir, por una compra masiva de bonos públicos y privados por parte del BCE a cambio de la puesta en circulación de dinero por esa cantidad. El riesgo de una espiral deuda-deflación es demasiado grande como para dejar en manos de la mano invisible del mercado la solución a todos los males financieros. La solución no es en absoluto trivial pero bien es cierto que existe un consenso generalizado entre los economistas más ortodoxos de que una mayor intervención en materia monetaria es esencial. Sin embargo, este razonamiento adolece de varios problemas.

Por un lado, la economía está creciendo a un ritmo similar a la cantidad de dinero en circulación. Si esto no fuese así, esta cantidad adicional de dinero se materializaría en una cierta inflación, objetivo último de quienes defienden la devaluación de la moneda única pero no así del BCE, cuyo único mandato es el de la estabilidad de precios, en concreto, en el 2% anual.

Por otro lado, no es cierto que un euro fuerte perjudique a los exportadores. En primer lugar, porque cerca del 70% de las exportaciones españolas se producen a otros países de la zona monetaria única y, por tanto, el efecto de la moneda es cero. Por otro lado, porque un euro fuerte abarata las importaciones y, en especial, el coste energético. En la actualidad, la tasa de dependencia energética española asciende al 75%, muy por encima de otros países de nuestro entorno. En este contexto, cuanto mayor sea el precio del euro en función del dólar, menor será el coste energético que tendrán que soportar las empresas españolas y, en especial, las empresas más intensivas en capital. No en vano, uno de los costes que lastran la competitividad de un país como España es el precio de la energía.

Por último, no es cierto que exista un riesgo real de deflación. En cambio, lo que ocurre es que España, al igual que otros países de nuestro entorno, nos encontramos en un proceso necesario de desinflación, sobre todo de precios y salarios. El riesgo de deflación podría aparecer en un futuro pero ni siquiera el temor infundado de muchos analistas del mainstream parece estar del todo justificado.

Es precisamente con un euro caro con el que se ha logrado el milagro exportador español, cerrando la balanza por cuenta corriente por superavit de 7.130 millones de euros. En definitiva, una acción decidida y agresiva por parte del BCE al más puro estilo de la Fed o el Banco de Japón no solo beneficiaria tanto a Europa como a los mercados financieros pero, al igual que ocurre en estos países, puede que el efecto de las políticas monetarias no acabe llegando a la economía real. Por todo esto, quizá sea más conveniente la defensa de un euro caro.

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