La deuda pública sigue desbocándose

24 mar. 2014

Hoy, en nuestro podcast habitual, hablaremos sobre la deuda pública, que ha alcanzado el nivel récord de 95,7% del PIB y previsiblemente seguirá creciendo durante todo este año. Además, volveremos a hablar del informe Lagares y de las primeras decisiones de los políticos en torno al informe de los expertos; de momento, Montoro ha confirmado que no se va a subir el tipo reducido del IVA. Hablaremos también de la unión bancaria que se está comenzando a articular para la armonización de la legislación bancaria. Por último, hablaremos de un artículo de Kike Vázquez en el Confidencial reflexionando sobre si las marcas siguen siendo importantes o el torrente de información que recibimos a diario en los diferentes medios nos ha hecho reflexionar y elegir productos más baratos sin renunciar a la calidad.

¿Es la deflación un fenómeno perjudicial para la economía?

13 mar. 2014

Una de las mayores preocupaciones de las instituciones políticas y monetarias en los últimos meses es la que gira en torno a la entrada en un proceso deflacionario; en economía, la deflación se define como la bajada generalizada y prolongada (al menos de dos meses, según el FMI) del nivel general del precio de los bienes y servicios. A muchos de nosotros podría parecernos chocante y hasta contradictorio que las instituciones lancen mensajes de preocupación y ejecuten ciertas políticas monetarias expansivas ante la inminente llegada de la deflación; en efecto, si el precio de los productos que adquirimos es menor, los ciudadanos podremos comprar una mayor cantidad de los mismos, reactivando de esta manera el consumo e impulsando la economía. 

Sin embargo, existen argumentos en contra de la deflación que, si bien en múltiples ocasiones yerran en su análisis, pueden convencernos de que efectivamente la deflación no es un fenómeno todo lo beneficioso que podríamos pensar como consumidores:

En primer lugar, porque ante la expectativa de reducción de precios futuros, los ciudadanos postpondrán sus decisiones de consumo hasta poder adquirirlos al menor precio posible, perjudicando a las empresas y generando menores beneficios, inversión y mayor desempleo. Este argumento es falaz por dos motivos:

Por un lado, porque no podemos aplazar la decisión de consumir o no ciertos productos a un período de tiempo posterior. Es decir, no podemos dejar de comer, de beber o de vestirnos (productos que, por cierto, tienen las mayores ponderaciones en el cálculo del IPC).

Por otro lado porque, a pesar de que ciertos productos no perecederos han ido reduciendo progresivamente su precio en los últimos años gracias al aumento de la productividad (por ejemplo, ciertos dispositivos electrónicos como ordenadores o móviles) o de la competencia (tarifas móviles en España), los ciudadanos no han esperado a que se redujera su precio aún más. Simplemente han acudido al establecimiento a adquirir el producto.

En segundo lugar, porque la deflación aumenta la carga de la deuda. Desde Irving Fisher, sabemos que el tipo de interés real de los préstamos se calcula en función de dos variables: el tipo de interés nominal del mismo deduciendo la inflación. Como la deflación es inflación negativa, el tipo de interés real será mayor que el nominal y, por tanto, la carga de la deuda será asimismo mayor.

El segundo de estos argumentos es el más preocupante. En efecto, el montante total de las deudas será exactamente la misma estemos ante un proceso deflacionario o no y, sin embargo, los activos del balance de las empresas se ven mermados por lo que, teniendo en cuenta la partida doble contable, el patrimonio neto de la compañía tiene que ser, por fuerza, menor. Además, la bajada de precios normalmente va acompañada de una reducción de salarios. Si nuestra renta disponible es menor, dejando las deudas constantes, la carga o el esfuerzo que tendremos que realizar para satisfacerlas será mayor.

La deflación también puede ser beneficiosa


Por tanto, ni toda deflación es necesariamente perjudicial ni toda deflación tiene las mismas causas. Es necesario diferenciar entre los diferentes tipos de deflaciones: la causada por el descenso de los costes como consecuencia de un aumento de productividad de alguno (o de todos) los factores de producción (normalmente capital y trabajo) y la causada por un descenso en la demanda como consecuencia de una recesión o un descenso en la renta disponible de las familias. 

Por ejemplo, durante la Revolución Industrial, y dentro de un régimen monetario de patrón oro, la productividad general de la economía, fruto de los cambios originados por las técnicas de producción y de modelos de transporte mucho más rápidos, aumentó de forma considerable. En este contexto, el PIB de EEUU creció un 4,5% anual entre 1870 y 1898, mientras los precios de los bienes y servicios de ese mismo país descendían un 34% en ese mismo período. Estábamos ante una buena deflación, que beneficiaba no solo a consumidores que pagaban unos precios más bajos, sino también a las empresas cuyos costes de producción se redujeron de forma notable.

En la actualidad, sin embargo, es evidente que no nos encontramos ante este escenario. En caso de existir deflación (todavía nos encontramos ante un proceso de desinflación, concepto diferente) nos encontraremos ante una mala deflación, puesto que el exceso de apalancamiento en el sistema consecuencia de un aumento del crédito por parte de los bancos está haciendo que muchas familias acaben destinando gran parte de sus recursos económicos a amortizar estas deudas, aumentando la carga de las mismas y provocando una espiral deuda-deflación de muy difícil salida.

¿Qué es el descalce de plazos bancario?

6 mar. 2014

Existen numerosas teorías en torno a las causas de la crisis financiera que desde 2008 estamos padeciendo. La falta de regulación de las entidades financieras y, en especial, de los bancos de inversión norteamericanos, los privilegios concedidos a la banca por parte de los Bancos Centrales o el elevado déficit fiscal que han mantenido muchos países a lo largo de los últimos años. Sin embargo, todas ellas se resumen en una única premisa: el excesivo nivel de endeudamiento no respaldado por ahorro real, consecuencia en cualquier caso del diseño del actual sistema financiero que, si bien es un elemento imprescindible de cualquier economía desarrollada, presenta numerosos problemas que, en última instancia, puede causar los ciclos económicos.

No en vano, la propia esencia del negocio bancario en lo que a sus funciones de intermediación se refiere es, precisamente, una de las teorías que, aun no formando parte del mainstream financiero, proporcionan una explicación que, desde mi punto de vista, es más que aceptable. Esta teoría es conocida como el descalce de plazos y forma parte de las explicaciones proporcionadas por algunos de los teóricos de la escuela austríaca de economía, como Antal Fekete o Juan Ramón Rallo en España.

El modelo de negocio de cualquier entidad bancaria es muy sencillo. Su función es obtener recursos económicos del público (su ahorro) y canalizarlos hacia la inversión (prestando esos fondos a agentes que así lo requieran). Es decir, su labor es la intermediación entre ahorro y la inversión, aplicando un tipo de interés mayor a los préstamos concedidos que constituyen su margen de intermediación, que a su vez forma parte del beneficio del banco. Hasta ahora, nada extraño que pueda inducirnos a pensar que este quehacer bancario en sí mismo pueda llegar a causar el ciclo económico.En realidad, el problema no es tanto que los bancos realicen esta función de intermediación sino cómo la realizan.

Por un lado, la captación de recursos del público se realiza mediante depósitos a plazo fijo o depósitos a la vista, generalmente con un plazo comprendido entre unos pocos meses y unos pocos años, ofreciendo un tipo de interés por la renuncia de utilización del dinero de manera inmediata (la preferencia por la liquidez). Por el otro lado, conceden financiación a los agentes que así  lo requieran, cobrando por ello un tipo de interés mayor y con un plazo mayor al plazo con que captaban financiación (hablamos de 40-50 años, o incluso más). Es decir, el negocio bancario obtiene recursos a corto plazo y los presta a largo plazo.

Este sistema produce el llamado descalce de plazos. Es decir, el mantenimiento  de activos ilíquidos o inmovilizados frente a pasivos a corto plazo o muy corto plazo, propio de la indosincrasia bancaria. El descalce de plazos supondría un problema para cualquier empresa ya que la permanencia en el tiempo de fondos de maniobra negativos (la diferencia entre el activo circulante y el pasivo circulante) es la causa de muchas insolvencias empresariales, al no poder hacer frente a las deudas a corto plazo por no disponer de saldos de tesorería suficientes. Imaginemos una empresa cuyas deudas vencieran mañana por cuantía de 1 millón de euros  y que, a día de hoy, solo tiene disponible en tesorería 750.000 euros. En caso de que el prestamista no le refinanciase esta deuda o no fuese capaz de obtener los 250.000 restantes, la empresa tendría un problema. En estos casos aparecen liquidaciones precipitadas de activos para deshacer posiciones ilíquidas en balance cuyo precio de compraventa será, generalmente, más bajo que el valor real de ese activo.

Sin embargo, los bancos pueden mantener este fondo de maniobra negativo por varias razones:
  • Por un lado, tienen el privilegio de contar con todo un mercado interbancario a su disposición en el cual se ponen en circulación los más variados instrumentos financieros que podamos imaginar, pudiendo el banco acceder a la financiación que más le convenga en cada momento. En ocasiones, se negocian instrumentos financieros cuyo plazo vence en un día e, incluso, en pocas horas, los llamados repos, entre otros muchos.
  • Por otro lado, la ingeniería financiera propia de las entidades financieras permite obtener financiación adicional mediante la emisión de nuevos instrumentos financieros que sirven para dar liquidez a los activos inmovilizados, como los derechos de cobro a más largo plazo (hipotecas, por ejemplo). En este sentido, han aparecido numerosos  instrumentos financieros creados con este propósito, como las titulizaciones hipotecarias.
  • Pero es que, además, en caso de que las entidades financieras no sean capaces de obtener la financiación necesaria por ninguna de las vías mencionadas anteriormente, existe una institución, el Banco Central, que actúa como prestamista de última instancia para dotar de la liquidez necesaria a los bancos para que éstos puedan asumir sus compromisos de pago a más corto plazo.

En resumen, el descalce de plazos es una característica intrínseca de todas las entidades financieras, que provoca distorsiones entre el ahorro y la inversión, puesto que se inmovilizan fondos del público que, en muchos casos, son depósitos a la vista y, por tanto, exigibles por sus clientes en cualquier momento, sin un plazo predefinido. 

Pero, ¿se puede afirmar que el descalce de plazos bancario provoca el ciclo económico? Existen diversos académicos, como el citado Juan Ramón Rallo, que creen que sí. Sin embargo, otros académicos, también liberales, como Adrián Ravier, no creen que esta sea la causa del ciclo. El debate está servido.

 
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