Deuda, deuda y más deuda: ¿por qué nos hemos endeudado tanto?

15/10/2014

Existe un consenso generalizado entre los diferentes economistas, con independencia de su ideología o de sus modelos econométricos, de que la principal razón de la crisis económica y financiera que desde hace ya seis años nos azota ha sido el excesivo volumen de deuda en manos de familias y empresas, hecho que ha lastrado dos de los pilares básicos del crecimiento de cualquier economía desarrollada: el consumo y la inversión.

Este análisis constituye un buen punto de partida puesto que, en 2008, año que se suele tomar como base para explicar el inicio de la crisis, el volumen de deuda en manos de hogares y empresas era del 171% del PIB español, es decir, más de un billón (con B de Barcelona) y medio de euros. Un volumen insostenible que nos hacía totalmente vulnerable ante cualquier acontecimiento económico adverso que precipitó el inicio de una crisis que, seis años después, sigue azotando con fuerza. Pero, ¿cuáles han sido las razones que explican este aumento del endeudamiento?

Nuestra entrada en el Euro, ¿causa de este endeudamiento?

En la actualidad, existen mucho escepticismo sobre si la adopción del Euro como moneda única ha sido más beneficiosa o más perjudicial. Sin embargo, si nos remontamos a 2002, año en el que nuestro país comenzó a utilizar el Euro como moneda única, los ciudadanos veían este cambio como un modo de acercar nuestro país a la modernidad europea.

De hecho, así fue, al menos desde el punto de vista financiero. La adopción del Euro como moneda única provocó que el diferencial de tipos de interés de nuestro país con respecto al resto de países se redujera sensiblemente y que se llevasen a cabo numerosas inversiones en los países del sur de Europa, en especial Italia, Portugal, Grecia y España.

Pero, ¿por qué se produjo este descenso en el diferencial en los tipos de interés? Imaginemos que acudimos al banco a solicitar un préstamo hipotecario a cuarenta años pero no disponemos de un contrato indefinido con el que respaldar nuestra solvencia económica. Lo más probable es que, o bien el banco no nos conceda el préstamo o bien que nos lo conceda con unas condiciones muy gravosas, con un tipo de interés muy elevado.

Ahora bien, si vamos a solicitar ese mismo préstamo con Bill Gates como avalista, lo más probable es que el banco no solo nos conceda el préstamo hipotecario sino que nos facilite varios créditos para pagar el coche, el mobiliario y hasta unas vacaciones, puesto que sabe que, en caso de que nosotros no podamos pagar, tendremos todo un multimillonario que responderá por nosotros.

Esto es precisamente lo que ocurrió con los países del sur de Europa. El mensaje percibido por los mercados financieros fue que todos los países que formaban parte del Euro iban en el mismo barco y que los países fuertes, como Alemania y Francia, harían todo lo posible para que el Euro no fracasase.

De esta manera, la solvencia de los países del sur de Europa aumentó de forma automática, reduciendo los diferenciales en sus tipos de interés, tal y como muestra la siguiente gráfica:


¿Por qué fracasó el proyecto del Euro?

La llegada de todo este dinero barato provocó una fiebre de inversiones en los países del sur de Europa, con independencia de que tales proyectos de inversión fuesen viables o no o de que tuviesen la capacidad real de producir retornos suficientes como para devolver los préstamos contraídos. Era la época en la que todo valía, y cualquier inversión, por descabellada que fuese, tenía cabida en forma de préstamo.

De hecho, en España, toda esta liquidez fue a parar a un sector muy concreto: el inmobiliario. Las entidades financieras comenzaron a conceder préstamos hipotecarios a personas y empresas de dudosa solvencia o con modelos de negocio que no eran capaces de generar retornos suficientes. Daba igual. 

Pero no se vayan, todavía hay más. Todas estas inversiones fueron posibles con dinero proveniente del exterior, en especial de los países del centro de Europa, como Alemania o Francia. El ahorro interno era insuficiente para financiar la locura inmobiliaria, lo que provocó un desequilibrio enorme en la balanza comercial de los países del sur de Europa al tiempo que propició un enorme superávit exterior en países como Alemania. Países como España debían mucho dinero en concepto de préstamos al exterior, lo que nos hacía vulnerables ante cualquier evento inesperado.

Evento que, con el transcurso de los años, acabó llegando. La orgía de compra de viviendas provocó un crecimiento sin control en el precio de los inmuebles. Seguía dando igual; mientras las entidades financieras siguiesen concediendo créditos, no se pararía la fiesta. Llegó un momento, en el año 2008, que los niveles de deuda eran tan insostenibles que la sombra de la insolvencia comenzó a planear sobre España. Se cortó el grifo del crédito con el consecuente estallido de la crisis.

Lo que en primera instancia parecía un proyecto ilusionante acabó convirtiéndose en la peor de las pesadillas. La propia concepción de la moneda única fue el desencadenante de los desequilibrios exteriores tan desproporcionados que seguimos sufriendo los países de la zona Euro.

El papel del BCE en la crisis de deuda

Si hay algún actor principal en esta película, ese es el Banco Central Europeo. Una institución cuyo objetivo es establecer un aumento en el nivel general de precios en torno al 2% que veía como el precio de los inmuebles se les iba de las manos. Muy al contrario, siguió inyectando liquidez a la economía real para que la fiesta no parase.

Además, su papel como prestamista de última instancia provocó que la gestión de las entidades financieras, en especial las Cajas de Ahorro, no fuese todo lo profesional que cabría esperar de unas entidades tan importantes para la economía nacional. Esto se explica por el llamado riesgo moral.

Conclusiones 

Viendo la gráfica, podemos pensar que el Euro ha causado muchos más problemas que beneficios. Sin embargo, os propongo que tapéis con una mano el período que transcurre desde 2008 hasta 2012. Nadie diría, en este caso, que el Euro ha sido malo, sino todo lo contrario. Todo se debe a una cuestión de confianza: cuando los flujos financieros dejaron de creer en la solvencia de nuestro país, estalló la crisis del euro: una de las mayores crisis económicas desde el Crack de 1929.

¿Por qué la política del BCE no acaba de llegar a la economía real?

8/9/2014

El pasado Jueves, el Banco Central Europeo convocó una nueva rueda de prensa en la que se anunciaban más medidas no convencionales con el objetivo de luchar contra la deflación, entre las que se encontraban la reducción del precio del dinero al 0,05%, el anuncio de compras de activos titulizados (deuda bancaria vinculada a préstamos e hipotecas) o el establecimiento de un nuevo nivel en la facilidad de depósito que cobrará el BCE hasta el 0,20%.

Unas medidas que se suman a las anunciadas el pasado mes de Junio para luchar contra la baja inflación y que ya explicamos en un anterior post. Aquellas medidas no terminaron de tener la eficacia esperada y todo apunta a que, en esta ocasión, el mensaje que Mario Draghi ha lanzado a los mercados continua siendo más simbólico que efectivo. Pero, ¿por qué las medidas del BCE no tienen la eficacia esperada?

El mecanismo de transmisión de la política monetaria


En primer lugar, conviene recordar cuál es el mecanismo de trasmisión de la política monetaria. El Banco Central presta a los bancos comerciales al tipo de interés oficial con el objetivo de que éstos, a su vez, lo presten a familias y empresas, reactivando de esta manera el flujo del crédito. Cuanto menor sea el tipo de interés establecido por el Banco Central (que marca el precio del dinero), menor será el coste de pedir dinero al Banco Central, y mayor la liquidez de la que dispondrán los bancos para prestar.

Una vez que los bancos comerciales han utilizado estos fondos para prestárselo a familias y empresas, pueden depositar el exceso de liquidez en el Banco Central mediante su facilidad de depósito, que normalmente se remunera a un interés fijado por el BCE y que, desde Junio, es negativo; esto quiere decir que los bancos cobran una comisión por esta liquidez sobrante

Además de estas medidas convencionales, los bancos centrales han comenzado a utilizar los llamados instrumentos no convencionales de política monetaria, que consisten fundamentalmente en la compra de activos de diversos tipos, como la deuda pública o las titulizaciones hipotecarias, para reducir la carga de la deuda adquirida por los bancos y los estados y, de paso, inundar de más liquidez al mercado.

Es decir, los Bancos Centrales utilizan a los bancos comerciales para transmitir toda esa liquidez generada a la economía real con el objetivo de evitar espirales deflacionistas que causen más problemas en el futuro. Es lo que normalmente se conoce como darle a la maquinita de crear dinero para generar una inflación cercana al 2% . 

Pues bien, este mecanismo de transmisión está, en la actualidad, roto. La política monetaria ya no es efectiva. Y no es efectiva porque estamos errando los términos: la crisis no es de liquidez, sino más bien de solvencia.

La velocidad de circulación del dinero: esa gran olvidada


La ortodoxia financiera legitimó la interpretación neoliberal de Milton Friedman y Anna Schwartz. Lanzar dinero desde un helicóptero no era la solución porque la velocidad de circulación del dinero no es constante. Como bien explica Juan Ramón Rallo en este vídeo, la teoría cuantitativa del dinero no es correcta, por mucho que se empeñen los Bancos Centrales en hacernos creer lo contrario.

En palabras llanas, los bancos no prestan los recursos obtenidos por los bancos centrales porque consideran que no existe demanda solvente en la economía real. El elevado nivel de deuda en el sistema sigue siendo, aún a día de hoy, insostenible. No en vano, mientras los bancos pueden obtener el dinero prácticamente gratis a través del BCE, tanto las empresas como los ciudadanos tienen que asumir un coste de financiación de más de un 10% en muchos de los créditos. 

Esta es la principal razón por la que esa inyección de liquidez no llega a la economía real, utilizándose para otras inversiones alternativas, especialmente la financiación de títulos de deuda pública. Es decir, los bancos han utilizado la liquidez del Banco Central para comprar títulos de deuda pública (el famoso carry trade), reduciendo de esta manera la prima de riesgo de los principales países europeos.

Y si esta liquidez no llega a la economía real, tampoco se produce inflación. O eso es lo que creemos a tenor de las estadísticas oficiales proporcionadas por el INE. Sin embargo, esto no es así dentro del circuito financiero. Existe una brutal sobrevaloración de activos que está provocando burbujas financieras tanto en Bolsa como en deuda pública. Inflación se produce, y mucha... si tuviésemos en cuenta el precio de muchos de los activos que se obvian al hablar de inflación.

En definitiva, vamos la dirección de la política monetaria tiene más de simbólica que de efectiva. Los continuos mensajes que Mario Draghi lanza a los mercados han servido de bálsamo para calmar la situación financiera pero, en esta ocasión, y suponiendo que finalmente saque toda la artillería, podría estar sentando las bases de la próxima burbuja financiera... sin haber solucionado todavía los graves problemas estructurales de la que todavía adolece la economía europea. 

La solución no pasa por inundar de liquidez al mercado. Al menos, no sin antes solucionar los problemas de solvencia. Todavía existe un volumen de deuda privada muy elevado como para seguir emborrachando al alcohólico.

¿Por qué una renta básica universal nos haría más pobres?

19/8/2014

A raíz de la reciente irrupción de Podemos dentro del debate político español, se ha intensificado el debate acerca de la necesidad o no de proporcionar una renta básica universal a todos los ciudadanos de nuestro país solo por el mero hecho de serlo e independientemente de su capacidad de generar riqueza o de su situación particular dentro de la sociedad. 

Una medida que, a priori, constituye una necesidad imperiosa, en especial para los estratos más bajos de la población, los cuales tienen verdaderas dificultades para acceder a los servicios y bienes más básicos al carecer de los recursos económicos suficientes. Sin embargo, esta propuesta adolece de serios problemas a nivel macroeconómico que creo es necesario detallar para no caer en demagogia.

La renta básica como generador de tensiones inflacionistas


La renta básica universal, al proporcionar una serie de recursos económicos mínimos a cualquier ciudadano, provoca un abandono de los trabajos peor remunerados. Puesto que el empleado pasa a recibir un ingreso mínimo sin necesidad de trabajar, podría abandonar su puesto de trabajo si considera que no le merece la pena. El empresario, a su vez, debería mejorar de forma sustancial sus condiciones de trabajo para evitar que abandonase su trabajo, bien sea mediante un aumento de sus condiciones salariales o bien mediante una reducción de su horario de trabajo.

Supongamos que el empresario puede mejorar el salario de su empleado de tal manera que éste, gracias a sus mayores ingresos, renuncia a la renta básica para seguir trabajando en la empresa. Si esto ocurre, el empresario tendrá que repercutir el mayor coste empresarial sobre el precio del producto o servicio con el objetivo de mantener la rentabilidad empresarial. En este sentido, la renta básica podría provocar tensiones inflacionistas por el lado de los costes.

Además, a medida que los precios sigan subiendo, los ciudadanos exigirán una mayor cuantía de su renta básica que compense la pérdida de poder adquisitivo, entrando en una espiral inflacionista en la que, conforme aumenten los salarios exigidos por los trabajadores y, por tanto, la inflación, mayores serán las tensiones inflacionistas futuras.

La producción se estancaría... con efectos inflacionistas y sobre nuestra moneda


Si, en cambio, el empresario no se puede permitir mejorar las condiciones laborales de sus empleados, hecho que ocurriría en la mayor parte de sectores y empresas máxime teniendo en cuenta que, en muchos casos, el salario de sus trabajadores guardaría poca relación con la productividad marginal que son capaces de proporcionar, este tipo de trabajos estaría condenado a desaparecer, provocando una menor producción y, por tanto, una menor oferta de bienes y servicios. 

Al mismo tiempo, la renta básica aumentaría la demanda de bienes y servicios de los ciudadanos. Estos dos efectos conjugados, mayor demanda y menor oferta, harían aumentar los precios, reduciendo el poder adquisitivo de los ciudadanos y provocando una espiral inflacionista de similares características a la descrita en el punto anterior.

Además, la moneda sufriría una fuerte depreciación como consecuencia de la mayor demanda de productos del extranjero y el menor ritmo exportador que provocaría la menor producción. En estas circunstancias, parece razonable pensar que la mayor parte de países que conforman la zona euro se opondrían de forma frontal a la renta básica universal, más aún cuando, hasta ahora, la política monetaria ha ido encaminada a mantener un euro fuerte.

Salir del euro tampoco sería la solución puesto que la depreciación sistemática de la moneda haría aumentar el coste de los productos importados, en especial de los energéticos de los que España es altamente dependiente, como petróleo o gas natural.

¿Y qué ocurre con el ciclo económico?


La renta básica es universal y constante: el ciudadano recibiría siempre la misma renta, independientemente del ciclo económico en el que nos encontremos, ya sea boom económico o recesión. Esta situación no es la más adecuada ni siquiera para los keynesianistas más ortodoxos, puesto que inyectar aún más dinero en etapas de crecimiento económico no haría sino calentar aún más la economía, provocando burbujas e inflación.

En definitiva, en una ciencia tan compleja como la ciencia económica, regalar dinero a los ciudadanos, máxime cuando no existe control sobre la política monetaria y, por tanto, no podemos imprimir más moneda ni manipular artificialmente el tipo de interés, no hará sino empobrecernos aún más por la vía del aumento de precios y de las espirales inflacionistas.

Más madera: las claves de la última reunión del BCE

5/6/2014

Se esperaba mucho sobre la última comparecencia del presidente del Banco Central Europeo. Los últimos movimientos de la cotización del EUR/USD parecían estar descontando una batería de medidas de las llamadas no convencionales por parte de la autoridad monetaria europea, y Draghi no defraudó a nadie, y mucho menos a los mercados.

Al margen del anuncio de la rebaja de tipos de interés y de la facilidad de depósito, el Banco Central Europeo ha optado por llevar a cabo medidas monetarias a la japonesa (o a la norteamericana, como ustedes prefieran), impulsando nuevas medidas de compras de activos para luchar contra la temida deflación, su objetivo principal. Repasamos qué implicaciones tiene cada una de ellas y cuál puede ser, a mi juicio, su eficacia real.

Rebaja de tipos de interés al 0,15%

En primer lugar, la rebaja de tipos de interés al 0,15% desde el 0,25% abarata en diez puntos básicos el precio del dinero. Los bancos pueden disponer de él a un precio menor, lo que debería servir para mejorar las condiciones de financiación de los clientes de bancos, tanto empresas como particulares. Cuanto menor sea el precio al cual los bancos pueden obtener dinero, menor también será el precio de los créditos que los bancos trasladarán a sus clientes. 

Ahora bien, la efectividad de esta medida convencional es, cuando menos, dudosa. No parece que el criterio seguido por las entidades para la concesión de créditos sea que puedan obtener el dinero más barato, sino la confianza en sus prestatarios. No en vano, el crédito a cinco años está en niveles cercanos al 7% y muy alejados del nivel actual del precio oficial del dinero que, a partir de ayer, se fijó en el 0,10%.

Facilidad de depósito negativa (-0,10%)

Cuando los bancos tienen excedentes de tesorería pueden acudir al banco central para obtener un cierto rendimiento por esta liquidez extra. Depositar este dinero en el Banco Central implica inmovilizar unos recursos que bien podrían haber sido utilizados por las familias y empresas para acometer sus decisiones de inversión y financiación. El BCE aplicará una tasa negativa a estos depósitos con el objetivo de penalizar el ahorro de los bancos y el inmovilizado de estos fondos para que los bancos lo canalicen hacia la economía real.

Esta medida, sin embargo, adolece de los mimos problemas que la reducción del tipo de interés. El problema no es tanto que los bancos estuviesen inmovilizando ingentes cantidades de fondos en el Banco Central, sino que la demanda de crédito no es del todo sana y, por este motivo, el análisis de riesgos de un banco comercial no recomienda atender demanda no solvente de crédito.

Refinanciaciones a largo plazo condicionadas (TLTROs) 

Los famosos Litros (LTRO por sus siglas en inglés Long Term Refinancing Operations) fueron una serie de medidas no convencionales que Mario Draghi puso a disposición de los bancos comerciales para paliar la difícil situación que vivía el mercado interbancario, tan escaso de recursos allá por los años 2011 y 2012. Se trataba de una serie de créditos a largo plazo que el BCE concedía a las entidades bancarias al 1% con el objetivo de mejorar las condiciones de financiación de la economía, aunque no existía ningún tipo de condicionalidad específica. Es decir, los bancos podían utilizarlos a su antojo. Resultado final: los litros facilitaron el carry trade de la deuda pública, en el que los bancos obtenían una rentabilidad por la inversión del 4% sin ningún tipo de riesgo. 

En esta ocasión se ha anunciado una nueva movilización de fondos por valor de 400.000 millones de euros a cuatro años en el mismo sentido que las pasadas LTROs pero con la diferencia de que, en este caso, estarán condicionadas a la concesión de préstamos para actividades no relacionadas con el sector financiero ni para la concesión de préstamos hipotecarios. Se trata, por tanto, de propiciar que los bancos canalicen toda esa liquidez a la economía real en forma de crédito a las pymes.

Precisamente, esta condicionalidad es la que puede dotar de eficacia efectiva a esta medida. El hecho de contar con una cierta supervisión puede permitir la canalización de liquidez a las empresas, evitando de esta manera que el dinero se quede en el circuito cerrado de la economía real, como ha ocurrido no solo con las anteriores LTROs sino también con otros manguerazos de liquidez por parte de otros Bancos Centrales más heterodoxos.

Nuevos preparativos para la compra de activos, especialmente ABS

El BCE ha sido, hasta el día de ayer, uno de los pocos Bancos Centrales con verdadera disciplina en materia monetaria, a diferencia de sus homólogos japonés, norteamericano o británico. Cada uno de ellos, en mayor o menor medida, ha puesto en circulación ingentes cantidades de dinero a cambio de la compra de diferentes variedades de activos, tanto públicos como privados. Sin embargo, parece que el BCE también se va a sumar a esta moda.

No en vano, ya se está preparando el terreno para la compra de los llamados Asset Backed Securities (ABS), también conocidos como titulizaciones, una alternativa a la deuda corporativa y cuyo pago está respaldado (o colateralizado) por un determinado activo, como una hipoteca.

Desde hace tiempo, se esperaba que Draghi anunciase una QE a la Europea y quizá la compra de ABS sea el primer paso para llevarlo a cabo, a pesar de que todavía no sabemos ni la cuantía de activos que adquirirá ni el calendario de plazos que se seguirá mismos. De momento, el bazooka parece estar preparado para disparar.

Suspensión de la esterilización en la compra de bonos

La esterilización es un proceso que busca neutralizar el efecto de la liquidez que provocan las compras de bonos por parte del BCE en el mercado secundario. Cuando se realizan estas operaciones, el BCE pone en circulación una determinada cantidad de dinero que se canaliza hacia los vendedores de estos bonos, disponiendo éste de una liquidez determinada para decidir qué hacer o qué no hacer con este dinero.

Un problema derivado de estas compras puede ser el aumento de la inflación. Para paliar este problema, el BCE puede optar por retirar una parte del dinero en circulación en otra parte del mercado vendiendo, por ejemplo, bonos que figuren en su balance a otro inversor interesado. Es decir, con la compra de bonos, el BCE intenta que el dinero fluya en el circuito económico, pero no que se inunde el mercado, hecho que podría provocar bastante inflación.

Sin embargo, en un momento de baja inflación como el que vivimos, la suspensión de la esterilización de la compra de bonos no debería ser un problema importante. Es más, el objetivo del BCE y de Mario Draghi es crear inflación, lo que significaría que el volumen de deuda baja y que la situación económica se reestablece.

En definitiva, Mario Draghi ha sacado toda la artillería pesada como ya había anunciado en su momento. Unas medidas cuyo objetivo principal es la búsqueda de la inflación pero, sobre todo, la búsqueda del crecimiento económico.

¿Recuperación? El sector público tiene todavía comprometidos 146.500 millones de euros

7/5/2014

A pesar de los mensajes optimistas del Gobierno en materia económica y, sobre todo, financiera (la prima de riesgo muestra su nivel más bajo en cuatro años) la crisis todavía sigue siendo un hecho y los desequilibrios se acentúan cada día más. El elevado volumen de deuda privada se ha transformado en deuda pública y los estabilizadores automáticos, entre otras muchas cosas, están imposibilitando el proceso de consolidación fiscal acordado con Europa. No en vano, España acumula ya un déficit público de medio billón de euros en los últimos cinco años.

Sin embargo, todavía existen compromisos de pago no contabilizados como deuda pública, entre otras cosas porque dependen de que se produzcan ciertos eventos futuros. En la jerga económica, se denominan pasivos contingentes, también llamados avales públicos que, hasta el 31 de Marzo, ascendían a 146.523 millones de euros, o lo que es lo mismo, el 14 por ciento del PIB.

La cifra ha sido enviada a Bruselas como parte del Programa de Estabilidad y muestra la enorme importancia de estas garantías a la hora de afrontar la crisis, en especial para las entidades financieras, que han podido otorgar emisiones de deuda dentro del marco de la estrategia de la Unión Europea, y para cubrir el llamado déficit tarifario. Lo cierto es que los avales han crecido en un 49% con respecto a los existentes a 31 de Diciembre de 2011. Es decir, no solo ha crecido el pasivo del estado (la deuda pública) sino también los pasivos contingentes que, aun no estando contabilizados, pueden convertirse en un problema real a medio plazo.

Como cualquier otro aval concedido por una persona a otra, el Estado es el responsable civil subsidiario en caso de que el avalado incumpla sus compromisos de pago. Es decir, a pesar de que la citada cuantía no compute como deuda pública, puede hacerlo en un futuro si se diese la circunstancia de insolvencia por parte del deudor avalado. En un escenario extremo, si todos los compromisos avalados se incumpliesen, el Estado tendría que emitir deuda por valor de casi 150.000 millones de euros y, teniendo en cuenta la debilidad de los estados financieros de muchas entidades que han contado con la garantía estatal, como la SAREB (48.391 millones de euros), Bankia (15.000 millones de euros), Banca Cívica (unos 6.000 millones de euros), NovaCaixa Galicia (3.400 millones de euros) o Catalunya Caixa(4.000 millones de euros), podríamos encontrarnos ante un monumental y nuevo agujero dentro de las cuentas públicas. Y, eso sí, todo a cargo del contribuyente.

En defensa de un euro fuerte

29/4/2014

Muchos son los analistas financieros y políticos que piden una política monetaria más decidida a Mario Draghi, presidente del Banco Central Europeo, para combatir dos efectos económicos más que preocupantes: por un lado, la amenaza de deflación en toda la zona euro y, por otro, el encarecimiento de la moneda única con respecto al resto de divisas, y más concretamente, con respecto al dólar americano, hecho que incrementa los precios relativos de los productos españoles y produce, a priori, un verdadero prejuicio para los exportadores. 

No en vano, son muchas las voces que abogan por un Quantitative Easing a la europea; es decir, por una compra masiva de bonos públicos y privados por parte del BCE a cambio de la puesta en circulación de dinero por esa cantidad. El riesgo de una espiral deuda-deflación es demasiado grande como para dejar en manos de la mano invisible del mercado la solución a todos los males financieros. La solución no es en absoluto trivial pero bien es cierto que existe un consenso generalizado entre los economistas más ortodoxos de que una mayor intervención en materia monetaria es esencial. Sin embargo, este razonamiento adolece de varios problemas.

Por un lado, la economía está creciendo a un ritmo similar a la cantidad de dinero en circulación. Si esto no fuese así, esta cantidad adicional de dinero se materializaría en una cierta inflación, objetivo último de quienes defienden la devaluación de la moneda única pero no así del BCE, cuyo único mandato es el de la estabilidad de precios, en concreto, en el 2% anual.

Por otro lado, no es cierto que un euro fuerte perjudique a los exportadores. En primer lugar, porque cerca del 70% de las exportaciones españolas se producen a otros países de la zona monetaria única y, por tanto, el efecto de la moneda es cero. Por otro lado, porque un euro fuerte abarata las importaciones y, en especial, el coste energético. En la actualidad, la tasa de dependencia energética española asciende al 75%, muy por encima de otros países de nuestro entorno. En este contexto, cuanto mayor sea el precio del euro en función del dólar, menor será el coste energético que tendrán que soportar las empresas españolas y, en especial, las empresas más intensivas en capital. No en vano, uno de los costes que lastran la competitividad de un país como España es el precio de la energía.

Por último, no es cierto que exista un riesgo real de deflación. En cambio, lo que ocurre es que España, al igual que otros países de nuestro entorno, nos encontramos en un proceso necesario de desinflación, sobre todo de precios y salarios. El riesgo de deflación podría aparecer en un futuro pero ni siquiera el temor infundado de muchos analistas del mainstream parece estar del todo justificado.

Es precisamente con un euro caro con el que se ha logrado el milagro exportador español, cerrando la balanza por cuenta corriente por superavit de 7.130 millones de euros. En definitiva, una acción decidida y agresiva por parte del BCE al más puro estilo de la Fed o el Banco de Japón no solo beneficiaria tanto a Europa como a los mercados financieros pero, al igual que ocurre en estos países, puede que el efecto de las políticas monetarias no acabe llegando a la economía real. Por todo esto, quizá sea más conveniente la defensa de un euro caro.

 
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